Diseño de Páginas Web |
|
www.alfaweb.mx |
5528280225 |
Registro de Dominios |
Marketing Digital |
Tweet
Es importante tener mucha cautela respecto a las distintas encuestas que han comenzado a circular, especialmente la de Latinus, levantada por Lorena Becerra. Pues, aunque ya habla de cierta intención electoral —ya establece una caída importante de Morena en las preferencias electorales y una baja significativa en la aprobación de la presidente Claudia Sheinbaum, y, como consecuencia, un reposicionamiento del PAN y de Movimiento Ciudadano—, todavía es demasiado prematuro pensar que esos ejercicios demoscópicos dicen algo significativo en términos electorales. A un año de la elección, las encuestas de intención de voto dicen muy poco; hoy son leer paja.
Por ende, más allá que hablar de tendencias electorales y de aprobación presidencial, es mejor leer y profundizar sobre otros elementos que sí pueden empezar a construir una nueva narrativa política y que, en consecuencia, podrían terminar siendo mucho más determinantes rumbo al próximo proceso electoral de 2027. Por eso voy a referirme a tres encuestas, pero sin tocar una sola cifra de intención de voto, ni de aprobación presidencial y/o partidista, porque eso, por ahora, sigue siendo secundario. Insisto, es leer paja.
Primero, me quiero referir —después del escándalo de Rubén Rocha Moya— a la encuesta de Reforma, que revela que el 57% de los mexicanos considera que el mandatario sinaloense debe ser extraditado, frente a un 32% que cree lo contrario y un 11% que no sabe. La misma encuesta señala que el 55% de los mexicanos no confía en la imparcialidad de las instituciones mexicanas en este caso, frente a apenas un 43% que sí lo hace.
Pero quizás el dato más delicado de esta encuesta es que el 50% de los mexicanos dice confiar más en el sistema de justicia estadounidense que en el mexicano, mientras solamente el 33% expresa mayor confianza en las instituciones nacionales. Ese dato per se refleja un deterioro profundo en la percepción pública sobre la credibilidad del Estado mexicano.
La segunda encuesta es la de Massive Caller, donde el 72.5% de los encuestados considera que Rocha Moya es culpable; el 77.7% opina que debería ser entregado a las autoridades estadounidenses; y el 87.2% considera que tendría que renunciar. Vale la pena precisar que el levantamiento de este instrumento de medición fue previo a la solicitud de licencia de Rocha Moya y muy cercano a la solicitud de detención con fines de extradición girada en su contra (es del 29 de abril).
Y la tercera es justamente la de Latinus, que de las tres es la que contiene más datos a estudiar; mismos que son más importantes que cualquier cifra de carácter electoral en estos momentos. Dicha encuesta establece que son más los mexicanos que consideran que el país va por un camino equivocado que quienes creen lo contrario. Un 68% de los encuestados consideran que las cosas se le están saliendo de control a la presidente Sheinbaum, mientras que solamente un 28% cree que tiene las riendas del país.
Más aún, comienza a observarse un desgaste severo en temas donde Morena, hasta hace poco, conservaba niveles altos de aprobación: en el abasto de medicamentos, donde el 55% de los encuestados considera que el gobierno ha fracasado, frente a un 39% que habla de éxito. En el combate a la corrupción, donde el 59% habla de fracaso, mientras apenas el 38% percibe resultados positivos. En el combate al crimen organizado, donde el 60% considera que la estrategia ha fracasado, frente a solamente un 36% que la respalda. Y en la disminución de la inseguridad cotidiana, donde el 63% habla de fracaso, frente a un 33% que considera que existe éxito. En el mismo sentido, hoy ya es ligeramente mayor el número de mexicanos que consideran que el país va por el camino equivocado frente a quienes creen que va por el camino correcto.
Sumado a lo anterior, hay un dato particularmente revelador: más del 42% de los mexicanos considera que los vínculos de Morena con el crimen organizado son mayores que los de cualquier otro partido político; un 12% cree que todos los partidos mantienen el mismo nivel de relación con el crimen organizado, mientras que únicamente el 37% considera que Morena tiene menos nexos con estos grupos delictivos que el resto de los partidos. Vale la pena aclarar que, tanto en este indicador como en el siguiente —donde el 63% de los mexicanos afirma que políticos de Morena han recibido dinero del narcotráfico, frente al 26% que considera falsa dicha afirmación y un 11% que no sabe—, las cifras disminuyen cuando la pregunta se refiere específicamente a Andrés Manuel López Obrador.
Regresando al caso de Rubén Rocha Moya, el 60% de los mexicanos considera que se trata de un caso real de vínculos con el crimen organizado, mientras que sólo el 26% cree que es una acusación política dirigida en contra Morena. La encuesta deja ver otra percepción relevante: el 49% de los mexicanos considera que la presidente Claudia Sheinbaum debería investigar a Rocha Moya y, en caso de existir pruebas, juzgarlo en México; mientras que un 44% opina que tendría que ser extraditado. Al final del día, lo verdaderamente significativo es que la proporción de mexicanos que considera inocente al gobernador de Sinaloa es mínima, prácticamente inexistente.
Sin intención de extenderme demasiado, me parecía importante detenerme en estas encuestas, las tres públicas, para establecer diversas tesis, de las que iré haciendo mención. En cuanto a estos ejercicios de encuesta, el de Latinus ya habla del sentir general de los mexicanos frente al actual gobierno, mientras que las otras dos se enfocan puntualmente en la percepción existente sobre el caso de Rubén Rocha Moya.
¿Y por qué hago esta compulsa de información? Porque hay una nueva narrativa en construcción; misma que no parece venir, al menos no principalmente, de la oposición partidista, sino de sectores críticos del llamado círculo rojo. Lo que comienza a percibirse es una ruptura del blindaje político y simbólico que durante años protegió tanto la imagen de López Obrador como la de su movimiento. La propia Lorena Becerra reconoció que el estudio completo es más profundo de lo que se presentó públicamente en Latinus. Y aunque no mostró todos los datos, dejó entrever algo relevante: una desvinculación entre López Obrador y Morena, por lo que los problemas del país empiezan a asociarse directamente al gobierno actual. Problemas que, además, ya comienzan a deteriorar la percepción sobre la presidente Sheinbaum.
¿A qué voy con todo esto? A que cuando los mexicanos empiezan a percibir fallas en temas que este gobierno prometió resolver —particularmente corrupción, inseguridad y combate al crimen organizado— y crece la idea de que el narcotráfico ha infiltrado las estructuras del partido en el poder y del propio gobierno, empieza a formarse una nueva narrativa política, muy distinta a la existente hace apenas unos meses. Tan evidente es esto, que distintos instrumentos de medición comienzan a registrar dicho cambio narrativo y el aparejado cambio en el ánimo social.
Y es que, así como en su momento logró posicionarse la idea de que el “PRIAN” era el principal enemigo del pueblo (lo que quiera que eso sea), hoy se empiezan a instalar conceptos como “narcoestado”, “narcoMorena” y “narcogobernadores”. Tal vez eso todavía no se refleje plenamente en las encuestas electorales levantadas hoy, pero es muy probable que los efectos electorales de este fenómeno comiencen a hacerse latentes en los próximos meses.
Retomando el tema, es importante entender que no toda opinión sobre un gobierno se traduce automáticamente en votos a favor o en contra del partido gobernante. Hay buenos gobiernos que pierden elecciones y malos gobiernos que logran refrendar triunfos. La razón es sencilla: el comportamiento electoral responde a los distintos tipos de votantes y a sus motivaciones, las cuales son muy diversas.
Existe, primero, un votante pragmático, que oscila entre el 40 y el 50 por ciento del espectro de los votantes; un elector que decide su voto a partir de la situación económica, social y de seguridad que vive en su entorno, ya sea local, estatal o nacional. También existe un voto profundamente emocional, al que cada vez se apela más y que antes se calculaba en alrededor del 30 por ciento, aunque hoy algunos analistas sostienen que ya tiene un peso similar al voto pragmático; un voto que responde menos a datos y más a emociones, símbolos, percepciones y narrativas. Finalmente, existe el voto ideológico —el llamado voto duro—, que difícilmente se mueve y que acompaña permanentemente a una visión política, ya sea de derecha o de izquierda, sin demasiados cuestionamientos.
Estos dos últimos tipos de votantes suelen verse fuertemente vinculados (de menos en la última década), pues el fervor ideológico se está volviendo, de nuevo, un elemento de identidad. Ahí está el crecimiento electoral de las derechas duras en Europa, América Latina y parte de Asia, como ejemplos: el crecimiento de Chega en Portugal, de Vox en España, de Marine Le Pen en Francia, de la AfD en Alemania, de los movimientos patrióticos en Inglaterra, Austria, Dinamarca y demás países del continente europeo; ahí están los triunfos electorales de las derechas libertarias y tradicionalistas en América Latina, desde Milei hasta Kast, seguidos de la irrupción de las derechas en Perú y el surgimiento de Abelardo De la Espriella en Colombia. Sin embargo, México presenta una particularidad: aquí parece no existir una derecha ideológica, pues no hay ninguna que esté más o menos consolidada, como pasa en otros países. México tiene, de menos en el espectro electoral, muchas izquierdas y muchos centros, pero escasean (no hay) las derechas estructuradas. Lo que sí existe es una sociedad profundamente polarizada y emocionalmente dividida.
El resultado electoral de 2024 no permitió observar con claridad a esa sociedad profundamente polarizada y emocionalmente dividida de la que muchos estudios de opinión hablan; quizás porque las candidaturas que presentó la oposición no consiguieron mostrar un contraste suficientemente fuerte frente al oficialismo (de hecho, Gálvez y Máynez son muy parecidos a Sheinbaum en términos ideológicos), pero dicha división existe y tiene a México confrontado en prácticamente dos bloques iguales en número, aunque con sus muy diversos matices.
El ejemplo más claro es la elección intermedia de 2021. Un año antes de esa elección, las encuestas lucían muy parecidas a las que veíamos hasta hace unas semanas en México: Morena aparecía con niveles de intención de voto cercanos al 40 o 50 por ciento, mientras que el segundo lugar tenía entre 12 y 15 puntos porcentuales; en las urnas la oposición, aunque dividida, tuvo más de 2 millones de votos que el oficialismo. Y aunque hoy las encuestas todavía reflejan algo muy similar que en el 2020, lo verdaderamente importante, lo que puede cambiar el rumbo electoral de este país, no está en esos datos de intención de voto, sino en los temas que empiezan a visualizar de un modo distinto los mexicanos.
Lo verdaderamente relevante es que, a diferencia de 2021 —cuando Morena todavía conservaba casi intacto su blindaje político y emocional, construido en torno a López Obrador—, hoy comienzan a aparecer signos de desgaste, ya visibles en una narrativa que empieza a permear alrededor del movimiento gobernante, misma que no necesariamente recae sobre la figura del expresidente (de menos no por ahora).
Diversos estudios de opinión públicos y privados comienzan a mostrar algo distinto a lo que mostraban hace pocos meses: conceptos, percepciones y calificativos que antes no existían, o que de menos no eran resonantes. Insisto, términos como “narcoestado”, “narcoMorena” o “narcogobernadores” comienzan a instalarse en la conversación pública y en la percepción social. Y eso importa, porque las elecciones modernas no sólo se ganan con estructuras territoriales y/o campañas publicitarias; también se ganan construyendo sentidos comunes (elementos narrativos compartidos). Por eso sostengo (insisto), como primera tesis, que lo que es verdaderamente relevante analizar no son todavía las cifras electorales, sino los sentimientos y percepciones que empiezan a consolidarse y que pueden derivar en motes, etiquetas y narrativas de largo alcance.
Es de destacar que estas narrativas no parecen estar siendo impulsadas por la oposición partidista, pues hoy ninguna figura opositora, al menos desde la política tradicional, parece tener la capacidad de convertirse en referente nacional de una narrativa poderosa. En cambio, sí observamos una articulación mucho más eficaz desde ciertos sectores de la prensa y del círculo rojo, como lo mencioné con anterioridad, quienes están haciendo un enorme eco de las acciones y discursos del gobierno de Estados Unidos en materia de narcotráfico y seguridad.
La narrativa impulsada desde la administración Trump —centrada en el combate al “narcoterrorismo” y a las estructuras criminales vinculadas con gobiernos o movimientos de izquierda en la región (del Socialismo del Siglo XXI)— comienza a permear con fuerza en México. Y ciertos sectores mediáticos parecen estar más articulados y ser más libres y efectivos para posicionar ideas, de lo que lo eran hace seis años.
Esta nueva narrativa, insisto, comienza a permear y eso empieza a reflejarse en distintos estudios de opinión. Por eso mi segunda tesis es que: no necesariamente estamos frente a una caída, una enfermedad terminal, del oficialismo, pero sí frente a un cambio profundo en la forma en que gran parte de la ciudadanía comienza a percibir al movimiento gobernante. Lo cual puede impactar el panorama electoral.
En este tenor valdría la pena recordar, por si alguien duda del impacto que tienen las construcciones narrativas en el mediano plazo, lo ocurrido con el PRI de Peña, cuando casos como el de Ayotzinapa o el de la Casa Blanca no destruyeron inmediatamente al gobierno de Peña Nieto, el cual, de hecho, ganó las elecciones intermedias. Sin embargo, sí fueron fundamentales en la construcción del clima político que desembocó en el triunfo de López Obrador en la elección presidencial de 2018.
Por eso me parece que hoy comenzamos a observar un fenómeno similar: la posible construcción de una narrativa de largo aliento, cuyo impacto no se ve del todo en las encuestas electorales recientes, pero que sí puede modificar gradualmente la percepción social sobre el oficialismo rumbo a 2027 y, sobre todo, hacia procesos electorales posteriores.
Quizás estamos presenciando el nacimiento de un discurso tan poderoso como lo fue, en su momento, la narrativa de López Obrador contra el “PRIAN” y la “Mafia del Poder”; sólo que ahora articulado alrededor de otro eje: la idea del “narcoestado” y de la cercanía entre estructuras criminales y el partido en el gobierno.
¿Lo anterior bastará para traducirse en triunfos electorales de la oposición en 2027 y 2030? No lo sé. Lo cierto es que este tipo de rupturas narrativas suelen venir acompañadas —como ocurrió en Argentina, cuando Javier Milei derrotó al kirchnerismo enarbolando el discurso contra la casta— con el surgimiento de figuras disruptivas o de fuerzas políticas que contrastan de manera frontal con los gobiernos en turno. Insisto, ahí está la nueva ola de crecimiento de las derechas en Europa, América Latina y parte de Asia. En México desgraciadamente, como ya lo mencioné, no existe una figura (personal o ente político) de esa naturaleza. Pero también hay que decirlo: México suele ser un país sui géneris, e incluso excepcional, en términos de comportamiento político y de configuración de su sistema. Quizás aquí una postura anti Morena pueda llegar a ser suficiente, aunque no estoy del todo seguro de eso.
Aun así, me parece fundamental que surjan otras fuerzas políticas menos vinculadas a la izquierda, a la centroizquierda y/o al centro tradicional, porque si algo resulta innegable —y lo refleja una encuesta de Enkoll levantada en diciembre de 2025— y es que la derecha en México está creciendo; aunque, lamentablemente, no está encontrando un espacio de participación. Hoy vemos pequeños sectores de las derechas dispersos dentro de los distintos partidos políticos, pero no los vemos competir realmente en su propio carril, y eso podría terminar beneficiando a Morena.
Por lo demás, quisiera dejar una última reflexión que me parece fundamental: cuando se habla de intervención casi siempre se piensa en operaciones militares o despliegues tácticos en tierra, elementos donde la violencia juega un papel central. Sin embargo, poco se habla de la irrupción discursiva y narrativa como mecanismo de intervención. Mecanismos que muchas veces terminan movilizando a amplios sectores del electorado hacia un lado o hacia otro lado.
América Latina es prueba de ello. Las narrativas políticas han modificado el destino de países como Argentina, Ecuador, Bolivia, Honduras, Costa Rica, Chile, entre otros; y posiblemente, en los próximos meses, también influyan de manera decisiva en procesos como los de Perú, Colombia y Brasil. Y es evidente que buena parte de dicha irrupción discursiva y narrativa global hoy camina, directa o indirectamente, de la mano de Donald Trump y de los sectores políticos, mediáticos e ideológicos que se articulan en torno a su visión del mundo. Dejo esto como una reflexión abierta y establezco una tercera tesis: es evidente que hay actores, dentro y fuera de México, muy bien articulados que están siendo fundamentales para la construcción de esta nueva narrativa.
En fin, ya le pusieron el pase a gol a la oposición partidista, solamente falta que no la vuelen. Pues hay que decirlo, son capaces de fallarla solos de frente al arco rival.
David Agustín Bogus Belgodére